A 40 años de 1985 y ocho de 2017, las heridas aún duelen en el corazón del país
Hace cuarenta años, el sismo de 1985 dejó una marca imborrable en la Ciudad de México. Miles de vidas se apagaron bajo los escombros y miles más quedaron heridas por la pérdida. Las calles reconstruidas guardan silencios que recuerdan el dolor, y las ausencias todavía se sienten en cada aniversario.
El destino fue cruel al repetir la fecha: en 2017, un nuevo temblor de magnitud 7.1 volvió a sacudir la ciudad. Las escenas de polvo, gritos y rescates improvisados revivieron el trauma colectivo. Dos generaciones diferentes compartieron el mismo miedo, confirmando que las tragedias también dejan herencias emocionales imposibles de olvidar.



Para quienes sobrevivieron ambos sismos, el 19 de septiembre es un día de duelo y de solidaridad. La angustia se mezcla con el recuerdo de manos extendidas para ayudar, de vecinos desconocidos convertidos en hermanos. Pero el dolor de los que no volvieron nunca deja de pesar.
Los homenajes, los simulacros y las ceremonias buscan enseñar prevención y unidad, pero también son un recordatorio del vacío que dejaron los edificios caídos y las familias rotas. Los gritos de aquel 1985 y de 2017 siguen resonando en la memoria colectiva como un eco que se niega a apagarse.
A pesar del tiempo, la Ciudad de México conserva sus cicatrices. Los sismos enseñaron a los mexicanos a levantarse, a reconstruir y a confiar unos en otros. Sin embargo, el corazón del país guarda dos heridas abiertas que, cada 19 de septiembre, vuelven a sangrar silenciosamente bajo el peso de la memoria.
La tragedia y la esperanza conviven en estas fechas. México recuerda a sus víctimas, honra a sus héroes anónimos y reafirma su resiliencia. Porque aunque las ciudades se reconstruyan y los años pasen, las historias de 1985 y 2017 siguen latiendo en cada rincón del país, desafiando al olvido.













