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Buscar sin nombre: el Estado ignora la identidad de las buscadoras

El gobierno rechaza incluir el término en la ley pese a órdenes internacionales.


En México, buscar a un hijo tiene un costo que va más allá del cansancio físico; es una labor que consume la vida, la salud y la seguridad. Sin embargo, para el Estado mexicano, el término “madre buscadora” seguirá siendo una ausencia en el papel. A pesar de una orden directa de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (Corte IDH), el gobierno ha decidido no integrar este concepto en la Ley para la Protección de Personas Defensoras de Derechos Humanos y Periodistas.

La respuesta oficial de la Secretaría de Gobernación es técnica y fría: argumentan que el marco jurídico actual ya es “suficiente” para protegerlas bajo la etiqueta genérica de defensoras de derechos humanos. Pero para quienes pasan sus días rascando la tierra y pegando fichas en los postes, esta omisión se siente como un portazo en la cara.

“Que no quieran integrar la definición es una traición a nuestro dolor”, afirma Vanessa Gámez, quien busca a su hija desaparecida en el Ajusco. “Parece que no solo no les importa buscarlas, sino que no quieren visibilizarnos”.

Una deuda histórica

La sentencia de la Corte IDH surgió tras el emblemático caso de Lilia Alejandra García Andrade, víctima de feminicidio en Chihuahua. El tribunal internacional fue claro: México debe nombrar y reconocer específicamente a las madres buscadoras para garantizarles protección real.

Mientras el gobierno se escuda en la burocracia, las cifras no mienten: más de 133,000 personas desaparecidas en el país. Las familias denuncian que, mientras se destinan recursos y atención a grandes eventos como el Mundial 2026, a ellas se les niega incluso el reconocimiento simbólico de su labor.

Al final, para madres como Claudia Sanromán, quien lleva 14 años buscando a su hija, la ley es secundaria frente a la urgencia de la verdad. “Yo lo que quiero es que hagan su trabajo, que me digan dónde está mi hija”. Pero en un país que se niega a llamarlas por su nombre, la justicia parece caminar a un paso todavía más lento que sus palas.

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