Tras reunirse con funcionarios mexicanos, el enviado comercial Jamieson Greer dejó claro que el proteccionismo no es negociable; la postura ensombrece el panorama para la industria automotriz y el acero.
Lo que para México es una barrera comercial que frena el crecimiento, para la Casa Blanca es una herramienta favorita de política industrial. Tras la reciente visita a la capital mexicana de Jamieson Greer, representante comercial de Estados Unidos para el T-MEC, el mensaje que quedó sobre la mesa es tan directo como preocupante: los aranceles a productos mexicanos no se irán a ninguna parte.
De acuerdo con reportes de Reuters, la razón detrás de esta permanencia no es meramente técnica o económica, sino personal. “Los aranceles llegaron para quedarse. Al presidente le gustan”, fue la frase que circuló en las reuniones con empresarios, dejando claro que el gusto del mandatario Donald Trump por estas medidas es ahora el eje rector del comercio en Norteamérica.

Un nuevo paradigma: Del libre comercio al proteccionismo
Esta postura marca el fin de la era del libre comercio tal como se conoció durante décadas. Washington ya no ve los aranceles como una medida de presión temporal, sino como un componente estructural. Este cambio de reglas golpea directamente la competitividad de las exportaciones mexicanas, que en sectores como el automotriz y el acerero ya enfrentan gravámenes de hasta el 25% bajo el argumento de “seguridad nacional”.
El impacto no es solo una cifra en un balance; es una realidad que se siente en las fábricas. Durante el 2025, este esquema contribuyó a la pérdida de miles de empleos en México, reflejando cómo una decisión política en Washington se traduce en incertidumbre para las familias que dependen de la manufactura nacional.

La presión sobre el T-MEC
La advertencia llega en un momento crítico: la antesala de la revisión del T-MEC. Mientras el gobierno mexicano, encabezado por la presidenta Sheinbaum y el secretario de Economía, Marcelo Ebrard, busca negociar condiciones que suavicen el impacto, el equipo de Trump parece estar cerrando las puertas a cualquier concesión.
Además de los impuestos actuales, Estados Unidos planea endurecer las reglas de origen, exigiendo que el 100% de componentes clave, como motores y software, sean producidos estrictamente en la región para evitar cobros extra. Esto reduce drásticamente el margen de maniobra de México y lo obliga a replantear su estrategia frente a un socio que ha decidido priorizar el proteccionismo sobre la integración.

Incertidumbre en el horizonte
Para los especialistas, lo más difícil de digerir es que los aranceles ya no responden necesariamente a cálculos de mercado, sino a una voluntad política que no está abierta a discusión. En este contexto, el futuro de la relación comercial más importante del mundo entra en una fase de “nuevo paradigma”, donde el diálogo convive con barreras impuestas por convicción personal desde el Despacho Oval.













